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20 años entre libros

Jacinto Antón, Rodrigo Fresán y Marina Garcés

07.03.2016


JACINTO ANTÓN
Mi refugio, mi iglesia, mi gimnasio y mi casa de citas
 

Como otros y otras van a tomar cervezas o a Victoria’s Secret yo voy a comprar libros. Es mi actividad favorita y lo que hago —como primeros auxilios— cuando me siento deprimido o melancólico. Lo pienso bien y, en realidad, es también lo que hago cuando me siento eufórico, lo único que varía es el tipo de libro que me compro: poesía o clásicos en el primero de los casos, todo lo demás, en grandes cantidades que luego amenazan con colapsar las pilas en el suelo de mi desbordada biblioteca, en el segundo. Las librerías, aquí y dondequiera que vaya, son mi refugio, mi iglesia, mi gimnasio y mi casa de citas. Algunos de los grandes momentos de mi vida son descubrimientos de librerías: Foyles, Strand, Powell’s... verdaderas epifanías. Pero también son las librerías el paisaje de mi discurrir cotidiano, el lugar al que me llevan naturalmente los pies.
En estos últimos veinte años, desde que abrió La Central (que es en lo que estamos), el paisaje librero de la ciudad de Barcelona ha ido cambiando. He visto con dolor cerrar algunas muy queridas —a veces sueño que vuelvo a Ancora & Delfín como a un Manderley con anaqueles, y a otras que se fueron antes, como Cinc d’Oros, Look, la vieja Librería Francesa de Diagonal-Muntaner donde compré mis primeros libros—. Por suerte se ha consolidado un entramado de estupendas librerías —algunas especializadas en las cosas que me gustan— por las que me muevo como por una suerte de ruta iniciática de peregrinaje: Altaïr, Laie, la Aeroteca, Oryx, Herder, Hibernian Books, Taifa, Militaria… Las dos La Central forman parte de esa red de consuelo y exaltación espiritual, de excitación y de deseo.
Me advirtió Antonio Ramírez el otro día que me lo encontré por la calle —llevaba yo una bolsa de La Central del Raval con el libro definitivo sobre la psicología de los gatos, de John Bradshaw, y el bonito atlas de islas remotas de Judith Schalansky para regalarlo a Guillermo Cervera, que pronto embarca— que estas líneas no debían ser a mayor gloria de su librería. Pero no podría hablar de mi relación con el ramo sin hablar de las dos librerías La Central. A la del Raval me une una vieja historia rara además de tantos y tantos libros. En la ex-iglesia (¿se dice así?) que ocupa hice teatro hace muchos años, cuando estudiaba en el Institut del Teatre de la calle Elisabets, del que era una de las dependencias. Bajo mucho al sótano, donde encuentro rarezas de oferta y me siento como en una especie de cripta o refugio antiaéreo, a salvo de todo. En La Central de Mallorca me encanta, al contrario, subir al piso de arriba, arrebujarme en el rincón de los clásicos o disfrutar de ese bar con terraza que es pese a sus carencias gastronómicas uno de los lugares que más amo del mundo.
Si mi biblioteca es la más clara plasmación material de mí mismo (aparte de yo, o quizá incluso más), las librerías son su prolongación ideal en el tiempo y el espacio. Son mi casa natural, donde nunca me siento extranjero y donde jamás me pierdo.
 
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RODRIGO FRESÁN

 
Hay varios lugares posibles desde donde contemplar la carrera rápida o lenta de un escritor: su vida pública y privada, su obra y su época, sus colegas de generación y sus influencias clásicas, o los libros que leyó y le gustaron o no suelen ser las miradas más frecuente y automáticamente adoptadas a la hora de redactar y contar al espécimen escogido.
 
Y hay otra posibilidad —entre muchas otras, seguro— que sería igual de reveladora y pasaría por remontar el curso de las librerías por las que ha pasado un escritor a lo largo de su tránsito y progreso. Las librerías como si se tratasen de escalas en un río hacia su desembocadura o hacia su origen.
 
Quien escribe estas líneas incluiría como sus puertos y puertas, por ejemplo, las librerías Fausto en la Avenida Santa Fe y la Avenida Corrientes de su infancia en Buenos Aires (Tintín, Martin Eden, El hombre invisible); la Lecturas y El Drugstore en el Centro Comercial Chacaíto de Caracas (donde compró su primer Stephen King, su primer Vonnegut, y toneladas de libros de bolsillo de Alianza); la tan exageradamente mentada Shakespeare & Co. de París (donde trabajó un verano on the road a cambio de cama y algo más), y, por supuesto, esa meca a visitar todas las veces que se pueda que es The Strand, en Nueva York. Hay muchas otras donde, en su juventud (ir)responsable, robó muchos libros y, por pudor, no las mencionará aquí; pero muchas gracias a todas, de verdad.
 
En esta carta nautico-terrenal, La Central —a la que conozco desde sus tres años— es la librería de mi madurez; en la que ya releo casi tanto como leo, y donde encuentro siempre lo que busco. Y también lo que no busco pero, sin saberlo, necesitaba. Así, La Central es para mí la salida al océano sin límites y al más luminoso de los crepúsculos.
 
Antes, en las fuentes de este río, en el principio de mi viaje, está la distribuidora de periódicos y revistas, y primera librería de la Patagonia, que fundó mi abuelo español a principios del siglo xx. Librería que yo visitaba todas mis vacaciones hasta mis diez años y a la que bajaba desde las habitaciones en el piso de arriba a ver qué encontraba. Y, como en La Central, siempre encontraba algo.
 
Y —nada se pierde, todo se transforma; no existen las casualidades; el círculo se cierra por donde se abre; pliegue espacio-temporal; aunque ustedes no lo crean— el nombre de esa librería en el principio del fin del mundo era, sí, La Central.
 

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MARINA GARCÉS
Un llibre a la motxilla

 
Hi ha dependències que no ens avergonyeixen, que no amaguem ni reprimim. Si beure, fer servir massa el mòbil o menjar sucre ens pot fer sentir malament, hi ha una addicció que afecta molta gent i que no està mal vista: portar sempre un llibre, almenys un, a la motxilla. Amb amics, a casa dels avis, al gimnàs o d’excursió, sabem que no l’obrirem però el llibre hi ha de ser, allà, ben a prop nostre. Aquesta dependència en desencadena d’altres: localitzar les llibreries de les ciutats on viatgem, carregar prou llibres si ens desplacem a un país del qual desconeixem l’idioma, portar l’ordinador carregat de pdfs... Sempre i en qualsevol circumstància, del que es tracta és de saber que podrem llegir.
                Recordo que als llargs estius de la meva infància, lluny de la ciutat, la columna publicitària d’Alianza Bolsillo del quiosc del meu poble era l’objecte màgic de la meva salvació. Li havia donat infinites voltes i any rere any els llibres eren més grocs, però eren allà per calmar la meva ansietat. Sovint he somiat l’absència total, absoluta i sense remei de llibres: com seria el mono? Amb què es trobarien els meus ulls? On descansarien les meves mans? Naixerien pensaments que no tinc o cauria en el col·lapse mental? Encara no m’hi he atrevit. Però començo a sentir que el dia de la prova ja no queda gaire lluny.

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