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Benedetta Craveri

Los últimos libertinos

13.06.2018
En palabras del Conde de Segúr –uno de los siete protagonistas de este libro–, al inicio de la Revolución, las élites que merodeaban en torno a Luis XVI y María Antonieta «caminaban gozosos sobre un tapiz de flores que ocultaba un abismo», sin ocuparse del pasado ni preocuparse por el porvenir. Ocurrentes y talentosos, entrelazados en una gran familia en la que convivían en armonía esposos y amantes, los jóvenes aristócratas perseguían con pasión el hedonismo y la fatuidad; la exquisita amabilidad y la refinada cortesía eran sus grandes virtudes; la diplomacia, su máxima aspiración. El arte de la conversación era la razón de ser de su vida diaria: más que una forma de intercambiar información –decía Madame de Staël– «es un instrumento que nos encanta tocar, que regocija el espíritu», como la música o el vino en otros países.

Pero aquel estrecho mundo estaba ya profundamente enfermo. Cargados de deudas, atrapados en escenarios tan fastuosos como rígidos, y de espaldas a los cambios sociales, fueron incapaces de reconocer que se acumulaba un profundo odio en su contra. Aunque muchos apoyaron la convocatoria de los Estados Nacionales, el Terror puso un dramático punto final a su época.

Escucharon la sentencia que les condenaba a la guillotina con la misma impasible indiferencia con la que acudían a la ópera: más que la vida misma, importaba la elegancia. 
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