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Helen ​DeWitt

El último samurai

04.06.2018
Ludo es un niño que ha recibido una educación muy particular, nunca ha ido a la escuela, su madre, Sibylle, se ha encargado de ese pequeño asunto. Ella es una madre soltera superdotada que se gana la vida precariamente haciendo traducciones. Preparar a un niño para ese futuro incierto que es la vida, exige que a los cinco años ya hable griego clásico para poder leer la Odisea, francés, indispensable para leer El conde de Montecristo y Tintín, alemán para entender a Rilke, además de árabe, hebreo y japonés. Tampoco faltan las notas musicales, la pedagogía del padre del violencelista Yo Yo Ma, el Tratado de armonía de Arnold Shönberg, el piano de Brahms... todo apuntaba a que su debut en la escuela fuera un desastre porque nadie sabía más que el pequeño Ludo a los seis años de edad.

A falta de una figura paterna, el visionado constante de Los siete samurais de Akira Kurosawa en un mano a mano continuado entre madre e hijo, consiguió suplir esa ausencia, al menos en apariencia, porque Ludo sigue siendo un niño a pesar de su inteligencia y de sus conocimientos extraordinarios, y la curiosidad de saber quién es su padre le lleva a emprender, a los once años, un periplo en su busca, inspirado en la película con la que ha crecido.

Y, si dejamos a un lado este sistema pedagógico, nos queda la maravillosa relación que mantienen Ludo y Sibylla, que va mucho más allá del sentimentalismo materno filial para transmitir un compañerismo basado en un amor verdadero por el conocimiento.

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