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James Wood

Lo más parecido a la vida

06.02.2017
Desde el más ínfimo detalle hasta la totalidad de una vida, solo la literatura nos otorga el poder de la contemplación atenta. El libro que tenemos entre manos es un mirar en serio de alguien muy consciente de la propia mirada. James Wood habla, entre muchos otros, de cuentos de Chejov, de la lucha de Knausgård, de alguna nouvelle de Saul Bellow, de Los emigrados de Sebald… Y lo hace de tal forma, que al hablarnos de ellos también nos habla de sí mismo, creando así su historia.

Su voz empieza con el acontecimiento de un hecho trágico, la muerte del hermano menor de un amigo suyo. Con ese inicio, desde la pregunta por el porqué de la muerte, Wood nos deja comprender, a través de la literatura, qué es
la literatura y ese lazo tan estrecho que la une a la vida, para llegar al nacimiento, la pregunta por el origen y su autenticidad, la pertenencia de uno mismo a un hogar. Pero que no haya dudas: su discurso no es una meditación filosófica sobre el tiempo, aunque tampoco es un manual sobre buena o mala literatura, o libros que hay que leer antes de morir. La experiencia que nos ofrece se asemeja más bien a una confesión. Es como si el autor, tímida y humildemente, nos quisiera decir: eso es lo que he leído yo, lo que me ha hecho ser quien soy, y estoy tan entusiasmado por ello que tengo la necesidad de compartirlo. Con un estilo sencillo y breve, su habla no nos pide entendimiento, sino más  bien identificación, que el lector se deje hipnotizar por su mundo y lo haga suyo.

Al igual que el pianista Alfred Brendel en su charla a Edimburgo (acontecimiento que se narra en el libro), Wood representa a esa clase de crítica que consiste «en escribir a través de un texto, la clase de crítica que es a un tiempo crítica y redescripción».

Laura Sala

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