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Maneras de ser animal

Literatura, naturaleza, hombres... y otras bestias.

09.02.2018
En Reino animal Jean-Baptiste del Amo nos presenta un retrato descarnado de lo que ha sido la historia reciente a través de una familia de campesinos y su granja de cerdos. Con su realista descripción, el autor pretende denunciar las salvajadas impuestas por el cálculo, la especulación y el imperativo del máximo rendimiento, hasta llegar al extremo de convertir la máxima racionalidad en máxima bestialidad, cerrando el círculo de la brutalidad más irracional que imperaba en los orígenes.

William Fiennes nos relata en Los gansos de las nieves la historia de un joven y brillante estudiante inglés, que empujado por una enfermedad que le ha dejado en un estado de depresión, decide, inspirado en un cuento de su infancia, viajar de Tejas al Polo Norte siguiendo la ruta migratoria de las aves. Relato de un viaje que se convierte en crónica ornitológica, descripción minuciosa de costumbres y pueblos, inmersión detallada en la naturaleza más indómita y meditaciones del narrador sobre sus incapacidades y sus ganas de vivir.

El pequeño zoológico de Robert Walser es un conjunto de pequeñas piezas, juegos encantadores, agudas pinceladas donde los protagonistas –como miembros indistintos de la naturaleza– intercambian los papeles de persona y animal. Siempre pendiente de la sencillez de las cosas, de lo aparentemente íntimo, Walser reencuentra aquí el sentido soterrado y paradójico de lo que nos rodea.

Por su estilo, formato, lenguaje, escenarios… estos tres libros no tienen demasiado en común, pero en todos ellos hay una pregunta latente sobre cuál es y cuál debería ser nuestra actitud ante la naturaleza; y esa es una pregunta importante, porque la manera en que formamos parte de ella nos convierte en brutales o en humanos. Podemos seguir el vuelo migratorio de las ocas mientras exploramos el sentido de la nostalgia y la añoranza; podemos adentrarnos en una corte de cerdos del sur de Francia, mientras los jóvenes del país marchan a la guerra, acabando unos y otros en el matadero; podemos deleitarnos en  la mirada más poética con la que el escritor pone a jugar a animalillos y personas.

En los tres casos, el respeto por la condición animal (o su carencia) va enlazado con la deriva íntima de cada personaje, sea esta más bestial, más lúdica o más melancólica. Domesticada, salvaje o cándida, la relación con la naturaleza reclama, ante todo, curiosidad.

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