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Manuel Vilas

Ordesa

05.06.2018
Nos damos cuenta de la importancia de los vínculos con nuestros padres cuando lo que nos queda de ellos es su ausencia, o sus fantasmas.

Con un tono algo guasón, siempre de agradecer cuando de escritura autobiográfica se trata, Vilas nos habla de su vida, de su vida en lo que tiene de sus padres y del entorno en el que creció, escarbando la poesía que late en la calle, en la cotidianeidad de la gente normal. Llegado el momento en que uno deja de ser hijo, puesto que ha pasado a ser padre, aparece la paradoja de recuperar a los muertos para entender que no podemos deshacernos de ellos. Los muertos permanecen más que el ir pasando de los vivos, pero eso lo encuentra Vilas cuando ya la distancia es insalvable.

En un ir y venir temporalmente fragmentado, aparece el narrador revisando su historia personal de muchacho ensimismado, desarraigado, borracho, vulnerable, desconcertado… distintos ángulos desde los que nos va conduciendo y conduciéndose hacia sí mismo, por su intimidad pero también por el ambiente social de una época y sus ciudades.

Con sensibilidad nada melancólica y un potente uso del lenguaje y la expansión narrativa, solo en apariencia desbocada, Vilas nos permite entrometernos en este relato intimista en los siempre ambivalentes vínculos afectivos con los padres. Un bellísimo ejercicio sobre la pérdida y el resquebrajamiento personal y social con el que afloran racimos de sonrisa y de tristeza en cada objeto, en cada mensaje, en todo paso del tiempo que nos permite la memoria.
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