Diario de lectura
Blog de La Central

Notas y reflexiones de nuestros libreros sobre lecturas, reediciones, novedades, proyectos editoriales y otros acontecimientos relacionados con el mundo del libro y las humanidades


  • Pablo Martín Sánchez, El anarquista que se llamaba como yo

    Laia Quílez

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    Pablo Martín Sánchez, el anarquista que se llamaba como el autor de El anarquista que se llamaba como yo, fue condenado en 1924 al garrote vil sin saber que algunas décadas después de que se despidiera del mundo y de que el mundo acabara olvidándole, terminaría convirtiéndose en el protagonista de la última novela que ha pasado a engrosar mi no muy demasiado extenso listado de obras 'totales', historias que te voltean, que te atrapan y que te empujan, en definitiva, a no dormir, a no vivir, a no ser para seguir leyendo.


  • FrICCIONES, de Pablo Martín

    Laia Quílez

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    Érase una vez un joven nacido hace 34 años en algún lugar cerca de Reus, que se pasó la secundaria tomando apuntes con lápiz mientras coleccionaba todo lo coleccionado y por coleccionar: cajas de cerillas, cubos de rubik, ceniceros, lámparas de noche, libros; que estudió Arte Dramático, Teoría de la Literatura y, de paso, Literatura Comparada; que investigó desde Lille sobre el Oulipo y sobre el hipertexto, mientras soñaba con cuentos que sí había escrito y esbozaba novelas patafísicas y totales; y que un día, no hace mucho, publicó, en la pequeña pero prestigiosa editorial e.d.a., su primer libro, FrICCIONES, un compendio de relatos metaliterarios, polifónicos, autofictivos, laberínticos e hipertextuales que, lo pongo en negrita porque este editor de textos no tiene la opción de subrayado, no tienen desperdicio.


  • A propósito de Piglia

    Laia Quílez

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    Ricardo Piglia se ha convertido hace tiempo en un nombre de referencia dentro de la narrativa (y también la crítica literaria) contemporánea latinoamericana. Arropado por una vastísima y rica tradición de la que han surgido otras loables escrituras -como la de Juan José Saer, César Aira, Alan Pauls o Martín Kohan, por citar sólo algunas-, Piglia es el artífice de novelas, cuentos y ensayos en los que el terreno de lo real y el de lo ficticio se mezclan en un mar indiscernible de creatividad, reflexión y perspicacia.

    El próximo martes, 7 de septiembre, a las 19.30h en La Central (C/ Mallorca, 237), el profesor y crítico literario Javier Aparicio Maydeu presentará la que de momento es la última novela de Piglia, Blanco nocturno, de nuevo un libro escrito bajo la forma de la crónica en la que reaparece esa especie de alter ego que es Emilio Renzi, el detectivesco y dislocado periodista que nace en La invasión y que se hace popular en Respiración artificial.

    Mañana, más. Sean todos bienvenidos.


  • Edgar Hilsenrath, un gran descubrimiento

    Laia Quílez

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    La editorial Errata Naturae ha publicado no hace mucho (y dentro de la misma colección -La Mujer Cíclope- que nos ha hecho llegar los sueños de Franz Kafka) la que ha sido, para mí, una de las grandes revelaciones de la literatura surgida a partir del mal absoluto que fue la Shoah. Se trata de Fuck America, de Edgar Hilsenrath (Leipzig, 1926), un judío ateo que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y que a principios de los años 50 emigró a Estados Unidos para vivir (o, mejor dicho, malvivir) como escritor novel. Novela que podríamos tildar de autofictiva, Fuck America retrata precisamente su experiencia del exilio a través del personaje de Jakob Bronsky, un joven recién llegado a Nueva York que lleva a cabo trabajos temporales y actos picarescos para poder financiar la realización de su primera novela, El pajillero, una obra con la que pretende recuperar los traumas y olvidos derivados de su terrible experiencia en el gueto de Czernowitz y, de paso, hacerse rico y famoso.


  • Retratos cinematográficos para este verano

    Laia Quílez

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    El próximo 13 de julio se inaugura un interesante ciclo de proyecciones en el CaixaForum de Barcelona, El fotógrafo ante el objetivo. Hasta el 31 de agosto, todos los martes a las 19.30h, el conocido realizador Isaki Lacuesta presentará una película donde la figura del fotógrafo -normalmente oculta tras la cámara- se convierte en la protagonista del metraje.


  • Popurrí (pos)Sant Jordi

    Laia Quílez

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    Disculpen la amalgama de géneros literarios, editoriales, autores, estilos y temas sobre los que tengo la intención de hablar en estas líneas. Si algo tienen en común los títulos a los que voy a referirme a continuación no es más que el hecho de haberlos comprado y leído las semanas justamente anteriores y posteriores a la gran fiesta del libro que es la diada de Sant Jordi. Y el hecho de que todas ellas han sido, sin lugar a dudas, lecturas ciertamente placenteras.


  • Bajo nivel o el no lugar en la obra de Cortázar

    Laia Quílez

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    La obra de Cortázar podría definirse como un ovillo de infinitas puntas, como una cebolla de incontables capas, como un tablero de inacabables casillas, pero también, porqué no, como un sistema metropolitano de infinitas líneas, cada una de ellas con sus leyes inescrutables y a la vez explicativas y complementarias de los pasadizos restantes de este laberinto subterráneo. Así me gusta concebir gran parte de los relatos de este francés argentino, especialmente los escogidos para esta especie de viaje iniciático. Se trata de Manuscrito hallado en un bolsillo, Cuello de gatito negro y Texto en una libreta, relatos todos ellos que representan explícitamente este complejo sistema de interconexiones y transbordos, al situar gran parte de sus acciones en el submundo metropolitano.

    Evidentemente, Rayuela y 62 Modelo para armar suponen dos grandes puntales para la elaboración de mi recorrido cortaziano por los túneles del "subte". Ambas novelas son, a mi entender, el punto de partida y el final de una concepción de la ciudad y del espacio tan personal como cautivadora. Por otro lado, junto con Los Premios y El Perseguidor, dichas obras formulan, a su vez, nuevos no lugares paralelos a los que habitan, con una fuerza ciertamente protagónica, los tres relatos anteriormente citados. Así, además de los vagones del metro, en la novelística de Cortázar el puente, el tranvía, el barco, el hotel o las galerías no aparecen como un mero soporte indicial de la enunciación, ni siquiera como elementos creadores de atmósfera, sino como factores pragmáticos que se integran a niveles más profundos que el de la pura descripción.

    Cortázar siente la ciudad como algo que no se explica, sino que es. Y que es, por encima de todo, a partir de lo que no es, de los no lugares que la pueblan y, por decirlo de alguna manera, la resucitan, convirtiéndola en todas las ciudades-Ciudad a un mismo tiempo.  ?Mi ciudad es hoteles infinitos y siempre / el mismo hotel?, se sincera ese yo cortaziano en uno de sus poemas.  Espacios antropomórficos, el París y el Buenos Aires de Cortázar son tapices habitados por ?pasajeros sin figura?, por una masa compacta de la que es preciso diferenciarse y tomar distancia. De ahí que muchos de sus personajes (como Oliveira, Jhonny Carter, Lucho o Juan) sean cronopios de pies a cabeza, pues, igual que el niño o el convaleciente baudelerianos, gozan de una curiosidad insaciable, de un ansia por descubrir el reverso de las cosas y por extraer, de alguna manera, lo universal de la transitoriedad de los acontecimientos. Son personajes, en definitiva, que luchan por salir de la casilla habitual del juego de la vida, saltando a una situada más allá, más lejos, al otro lado, donde se encuentra, usando la metáfora de Oliveira, el kibbutz del deseo, el reino milenario, el hombre verdadero.

    Empecemos el viaje. Recorramos, como haría Cortázar, los vagones de su literatura sin saber adónde terminará nuestro vagabundeo. Zambullámonos en el laberinto de sus páginas sin otra fórmula pragmática que abandonarnos a ese vaivén que provocan, consciente y febrilmente, los infinitos reinos de un tablero cuyo final tiene que ser el Cielo.  


  • Imre Kertész o sobrevivir a la supervivencia

    Laia Quílez

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    En su ensayo Escribir después de Auschwitz, Günter Grass define la Shoah como un suceso monstruoso, como algo incomparable e injustificable que, como tal, se erige en la historia de Occidente mostrándose como una ruptura que marca un antes y un después, no sólo en el ámbito del arte, sino en el del pensamiento mismo.

    En este sentido, si algo puede decirse de aquellos que, sobreviviendo a los campos concentracionarios, dejaron por escrito su experiencia, es su intento de cavar, como en el poema de Celan, fosas en el aire. Cavar, porque se trata de un trabajo impuesto por la necesidad de hablar; fosas en el aire, porque en sus escritos, sea cual sea su género, su tono o su voz, se lucha con y contra el lenguaje, la memoria y el fragmento, para, al fin y al cabo, decir una muerte que nadie, ni tan solo ellos, puede conocerse nunca.

    Imre Kertész (Budapest, 1929), uno de los que dijeron y siguen diciendo Auschwitz, empezó su labor excavadora años después de sobrevivir a los campos de Auschwitz y Buchenwald. Hoy, con el respaldo y la pala de una gran institución como es la Academia Sueca ?grande porque gracias a ella casi la totalidad de sus obras han sido traducidas a varios idiomas- sigue cavando fosas en el aire, como él mismo pondrá en boca del narrador de Kaddish por el hijo no nacido. Fosas que aún y desvanecerse -como la novela de  Liquidación, que al decir por fin lo indecible es, precisamente por ello, destruida por el fuego-, se presentan ante el lector con toda la indecibilidad del horror pero con el horror mismo abierto de par en par.

    Como Primo Lévi, Jorge Semprún, Jean Améry o Ruth Klüger, Kertész sigue viviendo en el Lager; su experiencia concentracionaria no terminó con su liberación, sino que aquella constituye su presente, su vida misma y su escritura. El Auschwitz de después de Auschwitz es así la tierra del desarraigo y la desesperanza, cuya pervivencia forzará al auto-exilio y al brutal extrañamiento a quienes hayan padecido su experiencia. En Kertész, será precisamente este exilio interior, esta desesperanza y este resentimiento ante el mundo, la esencia de la mayor parte de sus personajes literarios; así, B. de Liquidación, el viejo de Fiasco o el narrador de Kaddish por el hijo no nacido, entenderán la vida como un Lager, en tanto que vida erigida sobre la memoria y, por lo tanto, sobre ?el presente del pasado?.


  • Pizarnik o la muchacha que vuelve a escalar el viento

    Laia Quílez

    Lo primero que leí de Alejandra Pizarnik, no hace demasiado y abriendo al azar la edición en la que Lumen editó su prosa completa, me dejó completamente aturdida, por un lado por la imposibilidad de concretar mi propio aturdimiento; por otro, por esa vaga emanación, casi viscosa, que diría Sarraute, que desprendían sus palabras y que también encontré cuando por vez primera leía (en aquel caso a Cortázar), no con placer sino con goce, a la manera como Roland Barthes definió esta última manera de vivir un texto. Ese primer acercamiento a la prosa de Pizarnik, y más tarde también a su poesía, lejos de aplacar mi sed lectora, la desconcertó por completo, al tiempo que resquebrajó sin piedad la consistencia de mis gustos y mi relación con el lenguaje. De hecho, lo que sucedió en aquel momento sucedió en la palabra misma, mucho más que en la historia que aquélla me enunciaba.

    Hablando exaltadamente. Mientiendo exaltadamudamente. Mentando mentiras, susurraba para sí y a mí Pizarnik, en una especie de glíglico en el que ahora jugaba ella sola. Más tarde, leyendo el estudio que César Aira le dedicó hace algunos años, descubrí que lo enigmático que me fascinó de su prosa y poesía se debía no sólo a ese sujeto inquietante (esa ?niña huérfana? que va creciendo en cada línea), sino a la misma forma en que aquél se presentaba: el fragmento. Ese, por ejemplo, un agujero en la noche/ súbitamente invadido por un ángel y los tantos otros agujeros que pueblan toda su obra, se me presentaban como gritos a una realidad que no puede abarcarse, y que, por lo tanto, tampoco puede decirse.

    Esta experiencia de la discontinuidad, adquiere en Pizarnik la forma de una especie de collage surrealista, en el que cada fragmento ostenta por sí mismo una visualidad casi ontológica. Como apunta Aira, lo fragmentario es pues, para Pizarnik, también austeridad y despojamiento, ?islas de sentido?, como diría Blanchot, por las que la muchacha vuelve a escalar el viento. Por otro lado, tomando la manera en que Blanchot entiende el fragmento, esto es, como un pedazo de meteoro, que se desprendió de un cielo desconocido, que es imposible vincular con nada que pueda conocerse, este aerolito estelar, pese a ser un proyectarse desesperado de la materia verbal, es al mismo tiempo el centro infinito a partir del cual nace y muere el único diálogo posible: aquél que al tiempo de liberarse, naufraga.

    Y es que la patria que Pizarnik cree entrever en el mismo acto de erigir su obra, en esa especie de montaje de fotogramas poéticos, se le vuelve finalmente intangible y, por ello, inhabitable. La palabra que hubiera podido salvarla la apunta ahora de frente y, con un solo disparo, la hace caer del viento. Calcinada por un sueño implacable que ya no puede compartir ni tan sólo con su silencio, la princesa ha perdido su reino y, hundida su isla, ya no le queda nada más que ir hasta el fondo.


  • Cine y vanguardias, mágica combinación

    Laia Quílez

    Recientemente ha salido al mercado editorial Cine artístico, de Paul Young, un libro que, entre otras cosas, ilustra (y valga aquí la redundancia, pues incluye fotografías a todo color y de todos los tamaños) la interesante y, en ocasiones, compleja relación que los movimientos de vanguardia han mantenido con el cine a lo largo de su historia. Y quiero subrayar aquí el término "compleja" porque, como bien señaló Vicente Sánchez-Biosca en Cine y vanguardias artísticascuando el que luego se conoció como "séptimo arte" vio por fin la luz, escasos fueron los artistas que repararon en él como medio de creación y experimentación. Y es que en sus inicios el cine era visto como instrumento de puro entretenimiento, como un simple espectáculo dirigido a las masas. Sin embargo, esta concepción no tardó en cambiar. De hecho, la década de los veinte es pródiga en títulos cargados de imaginación, transgresión y originalidad. Un perro andaluz, el delirante mediometraje escrito por Luis Buñuel y Salvador Dalí, Ballet Mécanique, pura música visual de Fernand Léger y Dudley Murphy, o L'Etoile de Mer, del fotógrafo, pintor y cineasta dadaísta Man Ray, son solo unos pocos ejemplos de lo que dio de sí la incursión de las primeras vanguardias en el mundo del cine. La impronta que dejaron sus "experimentos" fue profunda y duradera. Desde la abstracción, la parodia, el collage, el cine de metraje encontrado, el cine abstracto o el cine extendido, artistas-cineastas como Michael Snow, Emile de Antonio, Kenneth Anger, Matthew Barney, Bruce Conner o Paul McCarthy les rindieron tributo -y, algunos, siguen haciéndolo- con sus obras. Todos ellos (o casi todos) tienen cabida en el más que recomendable libro de Young.


  • Sobre punctums y otras revelaciones

    Laia Quílez

    Anoche, releyendo La invención de la soledad, para mí uno de los mejores libros de Paul Auster, me topé con uno de esos fragmentos iluminadores que, como por arte de magia, se convierten en la llave que abre otros textos, otras intimidades escritas en otro tiempo y desde dispares latitudes. Se  trataba del pasaje en el que el protagonista y narrador –un personaje, por otra parte, que bien puede identificarse con el propio autor de esta ‘novela familiar’– descubre varias fotografías de su padre, un conjunto de instantáneas sobre cuya existencia hasta entonces él no tenía conocimiento. Tras observarlas con detenimiento, el escritor reconoce que «el hecho de que muchas de estas fotografías eran totalmente desconocidas para mí, sobre todo las de su juventud, me daba la extraña sensación de que lo veía por primera vez y de que una parte de él comenzaba a existir ahora. Había perdido a mi padre; pero al mismo tiempo lo había encontrado. Mientras mantuviera aquellas fotografías ante mi vista (…) sería como si estuviera vivo, incluso en la muerte».