Diario de lectura
Blog de La Central

Notas y reflexiones de nuestros libreros sobre lecturas, reediciones, novedades, proyectos editoriales y otros acontecimientos relacionados con el mundo del libro y las humanidades


  • Los libros de La gran belleza
    de Paolo Sorrentino

    Elena Martín

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    Roma es el escenario donde transcurre La gran belleza, la última película de Paolo Sorrentino, una Roma trasnochada y crepuscular que recuerda a la de La dolce vita, pero sobre todo a la de Roma, la película de Fellini estrenada en el 72: una ciudad esplendorosa y decadente, que se corroe noche tras noche, de una belleza y un pasado tan deslumbrantes que hacen de la ciudad actual una simple parodia. Por esta nocturna Roma deambula, en la película de Sorrentino, el escritor Jep Gambardella (un deambular errático que recuerda al del protagonista de El fuego fatuo, la novela del francés Pierre Drieu La Rochelle, a través de las calles de París). Como la propia ciudad, Gambardella se encuentra en un momento crepuscular de la vida: la madurez
le ha alcanzado y él continúa abandonándose a una vida de placer. Se ha convertido, gracias a una especie de pacto fáustico, en El Rey de los Mundanos; una mundanidad que se materializa estéticamente en el film a través de un kitsch grotesco, un lujo barato que sirve para retratar a una sociedad en decadencia. Lo que Gambardella busca en realidad, como sabremos más adelante, es un momento sublime –la gran belleza–, que lo redima de esta mundanidad, de una existencia vacía «Esta es mi vida, y no es nada. Flaubert quería escribir una novela sobre la nada. Puedo escribirla yo, ¿no?». La presencia de la iglesia en la película se va haciendo más evidente a medida que avanza el metraje y no hace sino remarcar esa distancia entre la mundanidad que rodea a los protagonistas y la búsqueda de la trascendencia de Gambardella. Finalmente, el encuentro con el momento sublime del escritor se acabará vertebrando a través del pasado y la memoria, a través de la evocación de su primer amor. Porque, como dice Plotino en De lo sublime, «nada hay tan sublime como una pasión noble».


  • El espectador cinematográfico:
    hipnosis y emoción

    Elena Martín

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    En 1891, Edison presentaba en la Federación de Clubs de Mujeres un nuevo invento: el kinetoscopio. Era una máquina de visión individual con 15 metros de película donde las imágenes transcurrían en bucles continuos, y su construcción se basaba en la teoría de la persistencia retiniana elaborada por Peter Mark Roget. El kinetoscopio usaba el mismo sistema para la generación de imágenes que el que usaría el cinematógrafo de los Lumière, pero,
 a diferencia de este, su disfrute era individual. El porqué de situar el nacimiento del cine cuatro años más tarde, coincidiendo con la presentación del invento de los famosos hermanos, responde a la condición colectiva del cinematógrafo: la colectividad se sitúa de esta forma en la génesis del cine. El cine nace como un arte colectivo y público, y como tal se ha considerado desde entonces.


  • Eugenio Trías
    De cine. Aventuras y extravíos

    Alberto Martín

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    El filósofo catalán, en esta obra póstuma, nos ha tendido la mano para pasear por lo que podríamos considerar su canon cinematográfico. Y lo ha hecho de forma inmejorable, como todo crítico o pensador debería hacer: abriendo nuevos caminos por célebres cinematografías, como las de Fritz Lang, Coppola, Bergman, etc. Su capacidad para sintetizar sus reflexiones en breves líneas nos permite vislumbrar nuevas consideraciones que nos aproximan a lindes poco frecuentadas por los senderos del celuloide: la obra de Stanley Kubrick considerada como una disección
de la inteligencia y sus abominaciones, sus apreciaciones referentes a la categoría moral de la obra de Orson Welles, así como la materialidad onírica de las imágenes de Andréi Tarkovski y David Lynch. En definitiva, Trías nos legó una nueva luz desde la que iluminar a sus cineastas favoritos.


  • Los libros de Viaje a la Luna, de Georges Méliès

    Elena Martín

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    Todo se remonta a 1865, año en el que Jules Verne publica en el Journal des débats politiques et littéraires la novela De la Terre à la Lune. 37 años más tarde, y basándose en ese relato que por primera vez analizaba la problemática para alcanzar la luna, Georges Méliès estrena su 23a película: Le Voyage dans la Lune. Méliès se inspira, además de en el texto de Verne, en dos obras más: por un lado, la ópera féerie Le Voyage dans la Lune de Jacques Offenbach, estrenada en 1875; por el otro, en Los primeros hombres en la luna, de H.G. Wells, escrita solamente dos años antes de rodar el filme. De la primera extraería la estética y gran parte de la historia; de la segunda, la visión de los selenitas que aparecen a media película. Con estas obras surge un nuevo género que resultará prolífico tanto en el cine como en la literatura: la ciencia-ficción. Si bien
la paternidad del género literario por parte de Verne parece ser discutida (algunos la remontan a Shelley, otros la retrasan hasta Asimov), la de Méliès en relación al cinematográfico resulta indudable. Y, aunque no
es el primero en usar los efectos especiales, sí es el primero en explotarlos. Méliès inaugura una nueva senda en la historia del cine: de él nace lo espectacular, los efectos especiales, Hollywood si queréis, enfrentándose a la concepción testimonial del cine de los Lumière. Donde los hermanos documentaban, Méliès inventaba. No resulta casual, entonces, que Le Voyage dans la Lune acabe convirtiéndose en la imagen icónica del cine, como si la capacidad inventiva e imaginativa –trucajes, fantasía, juegos ópticos, etc.– propia del creador constituyera la esencia ontológica de la cinematografía. Méliès fue, ante todo, un ilusionista: un hombre del espectáculo que usó el recién inventado artilugio para continuar maravillando a su público, sin perseguir objetivos artísticos. Aún así, su capacidad a la hora de experimentar con el lenguaje cinematográfico y buscar sus propios límites para descubrir nuevas formas de narrar lo enparenta con alguno de los escritores más experimentales: Queneau, Cortázar, Apollinaire...


  • En el curso del tiempo

    Santos Zunzunegui

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    Cualquier buen aficionado a la música conoce ese momento que acaece en el acto primero de Parsifal, la postrera ópera de Richard Wagner, en el que Gurnemanz, el más anciano de los caballeros que custodian el Grial, explica al joven e ingenuo protagonista, mientras le conduce al interior del templo, que aquí el tiempo se convierte en espacio (Zum Raum wird hier die Zeit, en la ambigua expresión alemana). Mientras tanto, el decorado se transforma al- rededor de los personajes que, prácticamente inmóviles, ven cómo el mundo se metamorfosea a su alrededor.


  • Retratos cinematográficos para este verano

    Laia Quílez

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    El próximo 13 de julio se inaugura un interesante ciclo de proyecciones en el CaixaForum de Barcelona, El fotógrafo ante el objetivo. Hasta el 31 de agosto, todos los martes a las 19.30h, el conocido realizador Isaki Lacuesta presentará una película donde la figura del fotógrafo -normalmente oculta tras la cámara- se convierte en la protagonista del metraje.


  • Cine y vanguardias, mágica combinación

    Laia Quílez

    Recientemente ha salido al mercado editorial Cine artístico, de Paul Young, un libro que, entre otras cosas, ilustra (y valga aquí la redundancia, pues incluye fotografías a todo color y de todos los tamaños) la interesante y, en ocasiones, compleja relación que los movimientos de vanguardia han mantenido con el cine a lo largo de su historia. Y quiero subrayar aquí el término "compleja" porque, como bien señaló Vicente Sánchez-Biosca en Cine y vanguardias artísticascuando el que luego se conoció como "séptimo arte" vio por fin la luz, escasos fueron los artistas que repararon en él como medio de creación y experimentación. Y es que en sus inicios el cine era visto como instrumento de puro entretenimiento, como un simple espectáculo dirigido a las masas. Sin embargo, esta concepción no tardó en cambiar. De hecho, la década de los veinte es pródiga en títulos cargados de imaginación, transgresión y originalidad. Un perro andaluz, el delirante mediometraje escrito por Luis Buñuel y Salvador Dalí, Ballet Mécanique, pura música visual de Fernand Léger y Dudley Murphy, o L'Etoile de Mer, del fotógrafo, pintor y cineasta dadaísta Man Ray, son solo unos pocos ejemplos de lo que dio de sí la incursión de las primeras vanguardias en el mundo del cine. La impronta que dejaron sus "experimentos" fue profunda y duradera. Desde la abstracción, la parodia, el collage, el cine de metraje encontrado, el cine abstracto o el cine extendido, artistas-cineastas como Michael Snow, Emile de Antonio, Kenneth Anger, Matthew Barney, Bruce Conner o Paul McCarthy les rindieron tributo -y, algunos, siguen haciéndolo- con sus obras. Todos ellos (o casi todos) tienen cabida en el más que recomendable libro de Young.