Diario de lectura
Blog de La Central

Notas y reflexiones de nuestros libreros sobre lecturas, reediciones, novedades, proyectos editoriales y otros acontecimientos relacionados con el mundo del libro y las humanidades


  • Manuales de estilo

    Joan Flores

    Tratado de la vida elegante. Honoré de Balzac. Editorial Impedimenta. Traducción de Lluís Maria Todó

    El arte de pagar sus deudas sin gastar un céntimo. Honoré de Balzac. Editorial Espuela de Plata. Traducción de Jürgen Jencquel

    "Mientras más se debe, más crédito se obtiene."

    Nunca debería buscarse excusa alguna para volver a los clásicos; a Balzac, por ejemplo, para los lectores francófilos, como a los otros dos componentes de la trinidad novelesca francesa, Flaubert y Zola, aunque sea por la única razón, a pesar de que existen muchas otras, de su significancia como hito indiscutible, cada uno en su especialidad, de la novela europea contemporánea. 

    Puede que haya sido la casualidad la responsable de que hayan coincidido en el tiempo la segunda edición de El arte de pagar sus deudas y de satisfacer a sus acreedores sin gastar un céntimo en diez lecciones o Manual de Derecho Comercial para uso de gente arruinada, deudores, desempleados y demás consumidores sin dinero ( L'art de payer ses dettes et de satisfaire ses créanciers sans débourser un sou, 1827), escrito por el turonense en colaboración con Émile Marco de Sain-Hilaire, y el Tratado de la vida elegante ( Traité de la vie élégante  (1830), primera de las tres partes, que completarían Teoría de los andares (Théorie de la démarche, 1833) y  Tratado de los excitantes modernos (Traité des excitants modernes, 1839)   de la serie Patología de la vida social (Pathologie de la vie sociale) de "La Comedia Humana" (La Cómedie humaine).

    Humor inteligente no exento de crítica en ambos casos, cinismo contemporáneo en unos textos que, a pesar de los años transcurridos desde su redacción, cumplen a la perfección con la característica con que dotaba Italo Calvino a los clásicos: su permanencia. En estos tiempos de economía ficticia y culto al aspecto exterior,  leer a Balzac es uno de los placeres que ni la crisis crediticia ni la tiranía de la imagen pueden malograr.


  • Punto de fuga

    Joan Flores

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    Punto de fuga. David Markson, Editorial Verdehalago

    Traducción de Verónica Martínez Lira y Adriana Rieta Lira

    "No lineal. Discontinuo. Como un collage. Un montaje.  Como ya es más que evidente [...] Una no semificción semificcional. Tercamente intertextual y de sintaxis interconectiva críptica. Es probable, a estas alturas, más que obvio; de cierto, para el lector atento."

    Arropado, tal vez a su pesar, por el impreciso término de "escritor postmoderno", contemporáneo de monstruos como John Updike o Philip Roth, hermanado con una generación literaria de transgresores de la talla de David Foster Wallace o Kurt Vonnegut, David Markson fue un escritor inusual en una época en la que la búsqueda incesante de nuevos caminos para el género llevó a selvas impenetrables o a atajos sin salida. Calificado por parte de la crítica como otro "escritor para escritores", es autor de una obra reducida pero no por ello menos influyente, y sistemáticamente ignorado por los editores en lengua española, idioma en el cual apenas puede accederse, en librerías de segunda mano, a su obra cumbre, La amante de Wittgenstein (Wittgenstein's Mistress, 1989; " A work of genius . . . an erudite, breathtakingly cerebral novel whose prose is crystal and whose voice rivets and whose conclusion defies you not to cry", D. F. Wallace dixit) , editada sin pena ni gloria al final de los años 80. En estos días, siete años después de su publicación en la lengua original, la editorial mexicana Verdehalago pone al alcance del lector en español este Punto de fuga (Vanishing Point, 2004), texto que pertenece a la la tetralogía que se ha llamado "The Notecard Quartet", que completan  Reader?s Block , 1996,  This Is Not a Novel , 2001, y The Last Novel , 2007.

    Punto de fuga es, pues, un texto raro, un híbrido entre un libro de citas, una colección de aforismos (no moralizantes: Pascal no aparece por aquí, ni tampoco Lichtenberg, menos aún Vauvenargues), una relación de ocurrencias, un work in progress continuo sin objetivo explícitamente definido pero que, a pesar de esa fragmentación, se revela como un texto unitario y potente que explora y explota, en su conjunto, los recursos más escondidos de la narrativa contemporánea, experimento fructífero de deconstrucción de la trama novelesca clásica a partir de unas supuestas notas originalmente destinadas a ser el germen de una novela que nunca fue. Una enciclopedia crítica erudita y laberíntica de la historia de la cultura en la que cada fragmento podría inspirar por sí mismo un texto de la que no salen indemnes ni los actores ("Hannah Pritchard, la más fina actriz trágica del siglo XVIII, nunca leyó un libro. Una idiota inspirada, la llamó Johnson"), ni los filósofos ("De la verdad interior y de la grandeza del nazismo habló Martin Heidegger"), ni las religiones ("Asnos que cargan muchos libros. Como Mahoma, quien no sabía leer ni escribir, calificó a los judíos"), ni los críticos literarios ("No hay críticos ingleses de peso que consideren a Mr. Joyce un autor importante. Dijo Edmund Gosse, dos años después de la publicación de Ulises"), ni el sistema educativo ("Un análisis por computadora prueba que las lecturas asignadas de las escuelas superiores modernas son menos difíciles que las que leía el Autor cuando estaba en octavo grado");  y con jugosas anécdotas referidas a su propio gremio, el de los escritores:   "La probabilidad de que James Joyce y Lenin intercambiaran chistes. En el C afé Odeón de Zurich, en 1915, donde ambos pasaban mucho tiempo";  "Había 945 libreros en París en 1845";  "La lectura o no lectura de ningún libro nunca ha mantenido abajo ninguna falda. Dijo Byron";  "La teoría de que la mayoría de los editores son escritores frustrados. A lo que Eliot añadió: también lo son la mayoría de los escritores";  "No los entiendo. Para mí eso no es literatura. Dijo Corman McCarthy de Henry James y Marcel Proust"; "Tonterías de estudiantes. Dijo Edith Wharton de Ulises".


    Una lectura fresca, excitante, sugerente, desafiante, imprescindible. No se la pierdan.


  • París insólito

    Joan Flores

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    París insólito . Texto de Jean-Paul Clébert, fotografías de Patrice Molinard. Editorial Seix BarralTraducción de Javier Albiñana

    En el año 1952, un antiguo miembro de la resistencia pero absolutamente desconocido como escritor, Jean-Paul Clébert

    "Mi aspecto me preserva por fortuna de la ofensiva denominación de intelectual o, lo que es peor, de existencialista, esa palabra deformada hasta la caricatura por una gilipollez evidente que abarca al calificador y al destinatario", 

    publicó en la editorial Denöel un texto inclasificable, entre la cour des miracles y el descenso a los infiernos, (Paris insolite), a medio camino entre el ensayo autobiográfico -aunque  Clébert no juzga, describe, por más que en el tono de su discurso asome una indisimulable simpatía por la colección de seres marginales que, apenas enumerados, se convierten en los verdaderos protagonistas de sus páginas- ; la guía insólita de la ciudad de París, aunque que no se trataría tanto de una guía de París como de una guía de la vida de París

    "Uno podría atravesar París de parte a parte no recorriendo más que calles pintorescas, a condición de saltarse las avenidas y de taparse ojos y oídos en los cruces para dirigir por otro lado el paso de las caravanas, y sin atisbar nunca ninguna curiosidad clasificada, sin necesidad de evocar la historia para animar las viejas piedras y emocionar el corazón de los visitantes mediante recuerdos más o menos artificiales, con emociones de guía Baedeker o Joanne";

    y algo a lo que dio en llamarse "novela aleatoria", concepto que fue explotado, con posterioridad, por algunos de los integrantes del OuLiPo. Dos años después, se reeditó el texto, cuya publicación había tenido un éxito relativo pero inesperado, combinado con las fotografías que Patrice Molinard, representante de la corriente de los "photographes humanistes", documentalista e inspirador del realismo social en las artes plásticas, tomó en algunos de los escenarios donde transcurría el texto original, y que recorrió con el autor a tal fin. El resultado fue este excelente -a falta de mejor calificativo- artefacto reeditado en Francia el año 2009 y recién traducido al castellano.

    Verdadero reportaje sobre el terreno, exploración de París con la premura del clochard, para quien la velocidad es indispensable -como apología de la carencia y la positividad de la negación: "la gente de mi profesión, apto para nada y dispuesto a todo", aquel que no reconoce ningún lugar como propio,"el tío que se encuentra en casa dondequiera que esté"- ya que su hogar es el vagabundeo, pero a quien nadie le quita esa agradable sensación del regreso, sin pretensiones de exhaustividad ni de objetividad; captación del instante fugaz que constituye por sí solo la acción; sucesión dramática de instantáneas que revelan el mundo que subyace en los márgenes de la gran ciudad en tiempos en que lo que distingue a las urbes modernas no son los populosos centros que han perdido su identidad en manos de los grandes ejes comerciales y el lujo uniformizante, sino los barrios periféricos, verdaderos tensiómetros del pulso de la vida real: "el espectáculo está en la calle"; una Odisea, ¿por qué no?, en la que Ulises no tiene Ítaca a la que regresar ni Penélope que le aguarde... La materia del libro no tendría fin: las instantáneas no pueden reproducirse a lo largo del tiempo porque los lugares cambian con rapidez inusitada y los personajes, por las circunstancias pero también por su propia y peculiar idiosincracia, son irrepetibles. Existe, por supuesto, más poesía en el horror que en la opulencia, más aventura en el vagabundeo que en el tranquilo paseo; sólo donde no existe la historia, o se vive al margen de ella, es posible el cambio.

    El campo narrativo es el inclasificable suburbio, tomado este término en su sentido más laxo, pues es difícil su delimitación geográfica. Por una parte, es esa zona que limita con claridad en su interior con el centro de la ciudad, a veces mediante un barrio, otras veces con una sola calle, pero cuyo límite exterior acostumbra a ser más difuso ya que crece por agregación, y este crecimiento nunca es ni planificado ni regular. Por otra parte, existe también todo un mundo oculto en los bulevares más lujosos, en los sótanos, en los intersticios de las terrazas, en las trastiendas, en el cuarto o quinto planos, ocultos, sólo para iniciados, cuyo ejemplo más notorio, la arqueología del cual muestra el texto, sea el barrio de Les Halles , la invasión de la capital por el barrio suburbial, la conquista del centro por el margen, la colonización en la que el cambio del entorno físico no ha podido acabar con el ambiente anterior, puede que debido a que, a veces, los outsiders poseen una extraña persistencia.

    Las fotografías no enseñan: dejan ver. No se trata de ilustraciones al uso que complementen el trabajo escrito ni de otro espejo que refleje la misma realidad: constituyen una historia en sí misma, paralela, en la que el lenguaje no es la única diferencia.

    París insólito es un libro peculiar, no hay duda, a veces hilarante como una borrachera, a menudo crudo como una ráfaga de cierzo en Enero, pero muy recomendable, y no sólo por su singularidad.


  • Las grandes familias I

    Joan Flores Constans

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    Traducción de Amparo Albajar

    En plena I Guerra Mundial, algunos miembros de dos de las familias más poderosas de Francia, "de la aristocracia, de las finanzas, del gobierno, de la literatura..." se han congregado en una habitación de maternidad para compañar al nacimiento de quien está llamado a heredar de todo este brillo.

    "Entonces, por encima de los cuellos postizos, rígidos y lustrosos, las cabezas se asomaron, inclinaron sus hinchazones, sus arrugas, sus párpados purpúreos, sus frentes moteadas, sus grandes narices grumosas, sus inmensas orejas, sus mechones amarillentos y sus cabellos erizados, y soplaron sobre la cuna el aliento de sus bronquios gastados, de sus cuarenta años de cigarro, de sus bigotes y de sus dientes arreglados, para observar los deditos que apretaban, que pellizcaban la piel fina del dedo del abuelo, parecida a la membrana de los gajos de la mandarina."

    Una reunión de viejos y cansados dinosaurios al borde de la extinción, que contemplan asombrados al que adivinan el último ejemplar de la especie, vana esperanza de supervivencia, como si el equipamiento genético y mundano con que nace ese nuevo individuo fuera suficiente para sobrevivir en un mundo que enfilaba la senda del cambio inaplazable en el que el depósito del poder, por una cuestión de pura y simple adaptación pero también porque el poder es un ente autónomo, un parásito que busca siempre el huésped con mayores probabilidades de supervivencia, estaba a punto de pasar de las manos de esos individuos poderosos pero anquilosados e incapaces de adaptación a las de otras especies con menor carga genética, más rápidos, más moldeables, con no menos pero sí distintos escrúpulos y más capaces de hacer frente a las cambiantes expectativas, cuya llegada se adivinaba bajo las alarmas antiaéreas, el ruido de las hélices del Hindenburg, las cortinas corridas que protegían la tenue luz de las bujías, y la resistencia a aceptar la desaparición de un mundo exhausto. Este cuadro, a modo de prólogo, constituye el poderoso arranque de Las grandes familias.

    Druon gestiona de forma magistral los tiempos narrativos, no sólo los que puntean el transcurso de la acción, de modo que no quede alterado el ritmo que parece preestablecido por la naturaleza de la trama, sino también el que regula el flujo de información que la lectura, que debe mantener un ritmo pausado para no perderse ningún detalle, ofrece al lector. Así, después del prólogo localizado en el hospital donde nace el heredero, y como si quisiera confirmar el relevo del que se ha hablado antes, el primer capítulo narra la muerte de Jean, el poeta de la familia La Monnerie, construyendo un magnífico contrapunto del prólogo y una adecuada introducción al universo de esas grandes familias a las que hace referencia el título, familias nada comunes que, como es natural, celebran funerales nada comunes.

    "En los entierros pobres, en que sólo unos cuantos parientes siguen el coche fúnebre, el muerto parece mendigar piedad en su camino. Aquí, por el contrario, parecía rechazar el homenaje. Pasaba despectivo entre dos filas alineadas en su gloria, acostado bajo su sombrero de plumas, como un cadáver magro que ha vivido demasiado tiempo para dejar verdaderas penas."

    Tal vez los jóvenes no lleguen a darse cuenta porque su experiencia del mundo es corta; o porque han estado tan inmersos en este mundo que no tienen referencias para hacer comparaciones; pero lo que es evidente es que los tiempos están cambiando, y cambiando a peor, o al menos esa es la opinión unánime de los ancianos esos que sí han conocido los tiempos de esplendor, en los que cada cosa y sobretodo cada uno estaban en su sitio. Y tal vez el síntoma más evidente de ese empeoramiento sea que ahora les suceden cosas que antes sólo sucedían a los individuos ajenos a su posición, a la plebe, como el embarazo no deseado de una virgen de la familia, o un intento de suicidio, cuando es tan evidente que

    "En las familias como la nuestra no se suicida uno. ¡Eso se deja para los burgueses y los artistas!".

    Aunque, en realidad, no todo está perdido, pues mientras esas excelentes y excelsas personas del pasado sigan con vida, seguirán existiendo los viejos remedios para afrontar los nuevos desafíos: así, si una sobrina casquivana queda embarazada de un don nadie, y sus estúpidos prejuicios modernos le impiden el "arreglo" que convendría para que la familia no sea el hazmerreír de todo París, siempre existirá el antiguo admirador, ahora un anciano solterón, con una buena renta, para echaer mano de él a fin de resguardar el honor del apellido. Y, para cerrar el círculo, que la amante del difunto tío de la embarazada acabe siendo la amante del desafortunado progenitor: la encinta de alta cuna con el solterón rico, y la ex-amante con el joven advenedizo, cada oveja con su pareja y todo en orden: cada uno en su sitio, como debe ser.

    Sin embargo, mantener el estatus acostumbra a tener un precio; cuando el más impresentable pisaverde, sea éste un mero arribista o un bastardo que cree que su nacimiento le otorga las mismas prebendas que a la descendencia legítima, obtiene sus migajas de poder, es preciso volver a ponerle en su lugar, independientemente de las contrapartidas que la situación exija: un paso por el filo de la bancarrota o el suicidio de aquel hijo en que se habían depositado las esperanzas acumuladas de todas las generaciones anteriores, y cuyo error consistió en adelantarse al curso de los acontecimientos con la pretensión de dar por jubilado al patriarca que presume todavía de sus facultades.

    Arriesgadas operaciones bursátiles, matrimonios de conveniencia, odios de generaciones soterrados bajo el disimulo de la coyuntura... El mundo de la aristocracia y de los grandes negocios reportado por unos de los personajes más influyentes de la escena cultural y política francesa, con un estilo narrativo directo y preciso, el estilo de la gran novela realista francesa -es inevitable la referencia a la balzaquiana Comedia humana (Comédie humaine)-, es decir, de la última gran novela europea.


  • Las grandes familias II

    Joan Flores Constans

    Traducción de Amparo Albajar
     

    Ha transcurrido cierto tiempo desde el final de Las grandes familias -y es de sobras conocido a cuan diferente velocidad ocurre eso: con una lentitud exasperante, "a paso de tortuga", para los niños, a un ritmo sostenido para los adultos, o tan deprisa que no da tiempo a percibir el transcurso para los ancianos- y el declive físico para los miembros de la primera generación se hace cada vez más evidente, pero el mantenimiento del estatus económico y, consiguientemente, social les proporciona la ilusión de que todo sigue "como en los buenos tiempos", sea en las relaciones con los criados y con los demás individuos ajenos a su clase, sea en el seguimiento de una cacería que hace un cegado Marqués de La Monnerie, incapacitado para tomar parte efectiva en ella, mediante una maqueta a escala de los campos de caza.

    "Era como si el Marqués cazara realmente, tras la pista del animal fugitivo y astuto. Las palmas de sus manos y las falanges de sus dedos reinaban sobre millares de hectáreas de provincia. Sus dedos, agitados sin cesar por espasmos, descendían a los valles, saltaban por las colinas, le transmitían la textura afieltrada de una avenida verde, la polvareda de la tierra bajo el galope de los caballos y las salpicaduras de los vados. Escuchaba los ladridos de sus perros; medio alzado sobre los estribos, tocaba la trompa para mandar desemboscar o cambiar de bosque, y las notas de desplegaban tras él como banderolas doradas... Tenía tanto calor que hubiera querido sacar el pañuelo para enjugarse el cuello."

    Pero la realidad es que la sociedad está sujeta a algo parecido al equilibrio homeostático: cuando las circunstancias, en su acepción más amplia, cargan contra la clase dominante derribándola de su sitial, encumbra también a una nueva clase hasta la posición que ha quedado libre. En la Francia de entreguerras, la antigua aristocracia va perdiendo terreno frente a la burguesía, frente a los nuevos profesionales liberales bien relacionados y a los advenedizos medradores: "tenacidad, astucia y egoísmo".

    "[Sus aspiraciones] exigían borrar el recuerdo del padre borracho, instalar a la madre en una dignidad semiburguesa y hacer desaparecer al hermano idiota. [...] Simon sabía que el presente de un hombre afortunado se impone siempre a su pasado, y que el éxito incluso puede borrar el crimen."

    Frente al injusto mérito legado por el nacimiento, el "democrático" mérito del hombre hecho a sí mismo:

    "Tenía la impresión de ser su propio genitor, y no reconocía más antepasados que la universidad, las antecámaras de los ministerios, las salas de redacción y los gabinetes de gobierno."

    Es posible que el certificado de defunción del ancien status quo lo acabe firmando el cercano auge del capitalismo especulativo. La posesión de los medios de producción ya no es ninguna garantía ante el especulador que con pequeños paquetes de acciones de grandes compañías, y debido a la dispersión del capital que cotiza en bolsa, no sólo tiene asiento reservado en los consejos de administración, sino que posee el derecho de decir la última palabra en cualquier proceso de toma de decisiones.

    "[...] Hoy en día todo el capitalismo se basa en dos cosas: en primer lugar, lo que se llama el control, es decir, una situación de hecho que da la dirección absoluta de una sociedad anónima a aquel que no posee más que entre el diez y el quince por ciento de las acciones [...]; y en segundo lugar, la posibilidad de que una sociedad anónima tenga acciones de otra sociedad y, por tanto, pueda adquirir su control."

    Esa nueva situación, la entrada en escena de esos nuevos actores que reclaman para sí el papel protagonista, es la que provoca, tras cien años de prosperidad, el hundimiento de las grandes familias industriales y financieras ancien régime y encumbra a los espías, los conspiradores, esos personajes intelectual y productivamente insignificantes cuya mayor virtud es saber cambiar a tiempo la sombra de un árbol por la sombra de otro: es el triunfo del arribismo y de la mediocridad. Estamos en 1929, y no sólo las grandes figuras de la economía y de la política desaparecen, también amanecen los días de un nuevo orden mundial.

    "Una nueva generación, que había perdido un millón y medio de los suyos en los campos de batalla, se encaramaba al poder, pero en medio de la desorganización de la economía mundial, sólo tendría tiempo para preparar los nuevos desastres."


  • Las grandes familias III

    Joan Flores Constans

    Traducción de Amparo Albajar
     

    Cita en los infiernos es el tercer volumen que, tras Las grandes familias  y La caída de los cuerpos, concluye la trilogía de Maurice Druon.

    Pocos individuos quedan al margen del alud del tiempo, que arrastra por igual a los potentados que a los desposeídos. Algunas de las que logran sobrevivir a la vorágine generacional, junto a las personas de más baja extracción, que no tienen ningún motivo para perdurar, y los que detentas cierta clase de poder acorde con los tiempos, insensible a las veleidades de la inmediatez, son las amantes, que consiguen la permanencia simplemente cambiando de favorito.

    "Es el relevo, amigo mío [...]. Esos muchachos aprenden de nuestras amantes lo que ellas aprendieron en nuestras camas. Así es como se transmite la ciencia del amor desde la noche de los tiempos. Algún día ellos enseñarán a mujeres que ni siquiera han nacido caricias que creíamos haber inventado nosotros. Y nosotros ya estaremos disueltos en la tierra...".

    Esas amantes, apenas adolescentes, que fueron poco más que damas de compañía para unos abuelos que debían limitarse a observar su insultante juventud, se convirtieron en compañeras sexuales, en su plenitud, de la generación de los padres, y ahora, con más edad de la que aparentan, y conscientes de sus desventajas ante la explosión de belleza de sus rivales más jóvenes, juegan con los nietos y, con la sabiduría y las experiencia acumuladas y cuando en verdadero atractivo hace años que las ha abandonado, se limitan a iniciarles " en la perversión".

    Esos nietos crecen, se hacen adultos, y la versión del mundo que les habían explicado sus mayores, los últimos de los cuales van desapareciendo llevándose consigo su concepción de la existencia, se desvanece entre el ruido de los automóviles y el de los tambores de guerra que, nuevamente, retumban en la vieja y cansada Europa.

    "Usted y yo nos parecemos a esos [...] arroyos de agua vieja que arrastran los detritus de los siglos y del mundo, y que serpentean entre el polvo sin mezclarse siquiera con él, que dibujan su pequeña geografía estéril y que van a terminar no se sabe dónde, sin utilidad para nadie. [...] Frutos averiados de una civilización decadente."

    La pendiente que conduce a la degradación es insoslayable; no es tan solo que sea imposible seguir descendiendo; perdida la fortuna, el siguiente paso es pisotear el honor. La salvación es imposible porque se ha avanzado demasiado en el camino de la perdición, porque a veces el pecado no puede redimirse, porque hay ocasiones en las que es imposible rogar por una segunda oportunidad.