Diario de lectura
Blog de La Central

  • Sobre punctums y otras revelaciones

    Laia Quílez

    Anoche, releyendo La invención de la soledad, para mí uno de los mejores libros de Paul Auster, me topé con uno de esos fragmentos iluminadores que, como por arte de magia, se convierten en la llave que abre otros textos, otras intimidades escritas en otro tiempo y desde dispares latitudes. Se  trataba del pasaje en el que el protagonista y narrador –un personaje, por otra parte, que bien puede identificarse con el propio autor de esta ‘novela familiar’– descubre varias fotografías de su padre, un conjunto de instantáneas sobre cuya existencia hasta entonces él no tenía conocimiento. Tras observarlas con detenimiento, el escritor reconoce que «el hecho de que muchas de estas fotografías eran totalmente desconocidas para mí, sobre todo las de su juventud, me daba la extraña sensación de que lo veía por primera vez y de que una parte de él comenzaba a existir ahora. Había perdido a mi padre; pero al mismo tiempo lo había encontrado. Mientras mantuviera aquellas fotografías ante mi vista (…) sería como si estuviera vivo, incluso en la muerte». 

    Me pareció que la revelación que esa fotografía había supuesto para Auster era muy parecida, casi idéntica, a la que con tanta precisión describió Roland Barthes en La cámara lúcida. Allí, cuando el teórico francés, invoca a su madre muerta a partir de la re-visión de un conjunto de fotografías de ella realizadas antes de que hubiera llegado al mundo, descubre que aquello que lo separa de esas instantáneas –intentos frustrados de hacer resucitar el rostro amado– es, justamente, la Historia. Barthes constata la imposibilidad de entrever el pasado a partir de su propia experiencia vital o, por lo menos, de revivirlo con la misma intensidad (con ese punctum, recurriendo a sus palabras) con la que lo hace contemplando esa fotografía familiar en la que la madre lo sostiene en brazos siendo niño; una imagen que, pese a no tener de ella un recuerdo directo del momento en que fue tomada, le permite, como ninguna otra de su pasado reciente, «rememorar en mi interior la suavidad arrugada del crespón de China y el perfume de los polvos de arroz» que el vestido que luce la madre en la imagen le sugiere.

    También Art Spiegelman en Maus le roba al álbum familiar tres fotografías que inserta en las viñetas animadas por ratones, gatos, cerdos y perros que conforman su cómic biográfico (y autobiográfico). Funcionan éstas como espectros que resucitan a los familiares muertos –en este caso, la madre y el hermano del artista- con una fuerza que es indéxica e icónica al mismo tiempo y que dotan de brutal realidad una historia protagonizada por dibujos de animales.

    Las fotografías familiares funcionan en todos estos casos como un poderoso instrumento de recuerdo y de rememoración, pues al enlazar pasado y presente, memoria y posmemoria, vida y muerte, padres e hijos, ofrecen una doble lectura en la que, como en una banda de Moëbius, la memoria personal, la memoria colectiva y la memoria histórica logran reconciliarse en una única superficie. Como hicieron Sebald o Marías en sus respectivos proyectos literarios, el blanco y negro del bromuro de plata se erige en estas obras como la piedra angular con la que todos estos artífices de la palabra (y de la ilustración) reflexionan sobre el pasado de las generaciones precedentes y, en algunos casos, también sobre las grandes catástrofes y traumas de la modernidad europea.