Diario de lectura
Blog de La Central
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Mon, 08 Feb 2010
Pizarnik o la muchacha que vuelve a escalar el viento
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Lo primero que leí de Alejandra Pizarnik, no hace demasiado y abriendo al azar la edición en la que Lumen editó su prosa completa, me dejó completamente aturdida, por un lado por la imposibilidad de concretar mi propio aturdimiento; por otro, por esa vaga emanación, casi viscosa, que diría Sarraute, que desprendían sus palabras y que también encontré cuando por vez primera leía (en aquel caso a Cortázar), no con placer sino con goce, a la manera como Roland Barthes definió esta última manera de vivir un texto. Ese primer acercamiento a la prosa de Pizarnik, y más tarde también a su poesía, lejos de aplacar mi sed lectora, la desconcertó por completo, al tiempo que resquebrajó sin piedad la consistencia de mis gustos y mi relación con el lenguaje. De hecho, lo que sucedió en aquel momento sucedió en la palabra misma, mucho más que en la historia que aquélla me enunciaba.
Hablando exaltadamente. Mientiendo exaltadamudamente. Mentando mentiras, susurraba para sí y a mí Pizarnik, en una especie de glíglico en el que ahora jugaba ella sola. Más tarde, leyendo el estudio que César Aira le dedicó hace algunos años, descubrí que lo enigmático que me fascinó de su prosa y poesía se debía no sólo a ese sujeto inquietante (esa ?niña huérfana? que va creciendo en cada línea), sino a la misma forma en que aquél se presentaba: el fragmento. Ese, por ejemplo, un agujero en la noche/ súbitamente invadido por un ángel y los tantos otros agujeros que pueblan toda su obra, se me presentaban como gritos a una realidad que no puede abarcarse, y que, por lo tanto, tampoco puede decirse.
Esta experiencia de la discontinuidad, adquiere en Pizarnik la forma de una especie de collage surrealista, en el que cada fragmento ostenta por sí mismo una visualidad casi ontológica. Como apunta Aira, lo fragmentario es pues, para Pizarnik, también austeridad y despojamiento, ?islas de sentido?, como diría Blanchot, por las que la muchacha vuelve a escalar el viento. Por otro lado, tomando la manera en que Blanchot entiende el fragmento, esto es, como un pedazo de meteoro, que se desprendió de un cielo desconocido, que es imposible vincular con nada que pueda conocerse, este aerolito estelar, pese a ser un proyectarse desesperado de la materia verbal, es al mismo tiempo el centro infinito a partir del cual nace y muere el único diálogo posible: aquél que al tiempo de liberarse, naufraga.
Y es que la patria que Pizarnik cree entrever en el mismo acto de erigir su obra, en esa especie de montaje de fotogramas poéticos, se le vuelve finalmente intangible y, por ello, inhabitable. La palabra que hubiera podido salvarla la apunta ahora de frente y, con un solo disparo, la hace caer del viento. Calcinada por un sueño implacable que ya no puede compartir ni tan sólo con su silencio, la princesa ha perdido su reino y, hundida su isla, ya no le queda nada más que ir hasta el fondo.





