Diario de lectura
Blog de La Central
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Jueves 19 de mayo de 2011
El despertar de la primavera

Se observa un cierto patetismo teatral en el uso que hacen los autores latinos del término adulescens. El adolescente es aquel que todavía no ha logrado el estado del adulto, que, no lo olvidemos, es el participio de perfecto del mismo verbo.
El imaginario germánico, en el que todavía no se han desvanecido las oposiciones sociales ni semánticas, se complace en buscar una fuente de inspiración inagotable en el roce de generaciones, separadas por el abismo infranqueable de una moral estricta, de una verdadera milicia civil. La revuelta que emprenden los jóvenes contra el ahogo que ejercen sobre ellos los valores de los adultos adopta múltiples formulaciones. A veces se materializa en la entrega a la perversión, a la corrupción que puede hundir -insospechadamente- las carcomidas vigas que sostienen la sociedad. El Törless de Musil puede servirnos de buen ejemplo.
A veces la rebeldía se traduce en un estallido de violencia tan bellamente premeditado que uno se pregunta, quizás lícitamente, si la crueldad no será una espada vindicadora que blanden seres angélicos de trenzas doradas y ojos claros. ¿Será la inocencia un estadio aprendido? En La Cinta Blanca de Haneke percibimos intuitivamente que la Venganza y la Redención son dos hermanas gemelas, hijas de la Noche (Hesíodo consultaba fuentes erróneas) . Cuando uno lee a Wedekind, o lo ve representado en el teatro o en la ópera, termina por resolver, por propia compasión, que el niño, el joven, el adolescente es un infortunado vestigio de lo que habría podido llegar a ser un hombre, triste víctima de la adulteración de los adultos. El desdichado Moritz, en Frühlings Erwachen, abandona este mundo sin haber probado lo que es más humano. A Ilse le arrebatan el aliento, y el fruto de las entrañas, sin saber que el mal que le achacan se llama vida. Insinceridad y mendacidad, las dos caras de la moneda con que se accede al círculo de los adultos.
En las obras de Wedekind nos encontramos enmarañados en el juicio moral extraviado en que incurren los adultos impenitentemente. Ignorancia, presunción, falsedad son los tres pilares que sustentan la convención social. Melchior, el único joven que posee un cierto atisbo de lo que es la vida y la naturaleza, se ve desgarrado por el sentimiento de culpa, por el remordimiento que le infunden sus jueces, obcecados por la soberbia decencia. Quizás por este motivo la emponzoñada situación solo puede resolverse por medio de lo onírico y de lo inverosímil. Deben comparecer Jack el Destripador en Lulu, y El Señor Embozado en Frühlings Erwachen para que el drama se dirima mediante un deus ex machina que no trae ninguna otra nueva salvífica más que la extinción de la culpa y, al mismo tiempo, una cruda incertidumbre.
