Diario de lectura
Blog de La Central

  • Edipo en Stalingrado I

    Joan Flores

    IMAGEN

    Edipo en Stalingrado. Gregor von Rezzori, Editorial Sexto Piso

    Traducción de José Aníbal Campos. Epílogo y notas de Völker Schlöndorff


    Juntamente con las celebradas e imprescindibles Un armiño en Chernopol (Ein Hermelin in Tschernopol, 1958), Memorias de un antisemita (Memoiren eines Antisemiten, 1979) y Flores en la nieve (Blumen in Schnee, 1989), editadas bajo el nombre de Gran Trilogía, Edipo en Stalingrado (Ödipus siegt bei Stalingrad, 1954) constituye una de las obras mayores del escritor austrohúngaro.

    Un innominado narrador sarcástico, rayano en el cinismo, alterna las formas del lenguaje oral, en ocasiones incluso retóricamente, mediante el recurso frecuente a citas, verdaderas o espúreas, de personajes de la cultura universal, dirigiéndose al lector, apelándole directamente, y compone su discurso mediante largas frases sintácticamente tan complejas como impecables, con descripciones minuciosas, detalladas y perfectas; se trata de informarnos, omniscientemente -omniscencia que declara, justifica y asume explícitamente, en un ejemplo paradigmático y autoparódico del narrador que posee la totalidad y el dominio de los recursos narrativos-, de las andanzas del barón Traugott von Yassilkovski, un representante de la pequeña y advenediza nobleza rural de la Prusia oriental, un musiliano Ulrich veinticinco años después, de la magnífica Rubia de Raza, y del círculo de sus amistades y relaciones, centrando la acción en el Berlín de finales de 1938 y principios de 1939, un Berlín que puede actuar como contrapunto al de Berlin Alexanderplatz; es decir, en vísperas de la gran catástrofe que sacudiría a Europa, los personajes actúan como si la ignorancia, casual o intencionada, de la catástrofe futura les eximiera de los sucesos que estaban a punto de desencadenarse.

     

    La acción si sitúa, pues, en un marginal reino de la apariencia en el que la distinción que procura la inutilidad es la norma a seguir, en un tiempo de crisis, de cambio, en el que la burguesía es el territorio de lo que se es, mientras que la aristocracia es el de lo que se ha sido.

     

    Las magistrales descripciones de grupos de personajes consiguen captar tanto el ambiente de la situación descrita como las características de los personajes relevantes para la acción mediante la focalización en primeros planos de los protagonistas de cada escena y aperturas casuales del plano para recoger a los personajes secundarios -como hace, por ejemplo, en la descripción de la entrada de la actriz americana y de su séquito en el bar de Charley-, todo ello medido al milímetro para que la atención del lector pueda percibir aquello que le interesa al narrador que sea percibido pero no se distraiga con lo accesorio.

     

    Este narrador lúcido, incontinente, socarrón y provocador, alterna esas detalladas descripciones con desopilantes reflexiones, citas eruditas, llamadas de atención a su interlocutor y digresiones personales en las que nos informa de sus opiniones, de sus creencias, se justifica o se excusa, y emite su juicio sobre unos personajes a los que sólo podemos conocer a través de su interesada mirada.

     

    (Continua)