Diario de lectura
Blog de La Central
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Jueves, 24 de noviembre de 2011
O les belles, les sublimes ruines!

Hubo un tiempo en el que los estetas, artistas y literatos celebraban unánimemente la ruina como el más humano de los parajes naturales o el más natural de los legados del hombre. La ruina, ya salvaje, ya amansada, osario del esplendor antiguo, predilección de curiosos, ansia de los males de siglo, gozó de una feliz fortuna artística y literaria. A los que no disponen de tiempo y hacen de la necesidad una virtud supracardinal, pragmática, el libro de Michel Makarius, Ruines. Représentations dans l'art de la Renaissance à nos jours, recientmente reeditado por Flammarion, les parecerá un tesoro de contento.
En cambio, los arqueólogos de la historia en ruinas, abundantes en estas latitudes, deben abordar la materia más a conciencia. Un ruïnista de la talla de Hubert Robert (1733-1808), por ejemplo, merece el debido detenimiento. Es preciso observar la reacción de sus coetáneos. Es preciso leer los Salons de Diderot:
"Je vous en dirai mon avis, monsieur Robert... puisque vous vous êtes voué à la peinture des ruines, sachez que ce genre a sa poétique. Vous l'ignorez absolument. Cherchez-la."
Quizá entonces empezaremos a percibir, como monsieur Diderot, que en la pintura de Robert aparecen demasiados importunos, y nos sentiremos impelidos a buscar la solitud de las ruinas, iluminadas por un claro de luna.
"Quelquefois une haute colonne se montrait seule debout dans un désert, comme une grande pensée s'élève, par intervalles, dans une âme que le temps et le malheur ont dévastée."
Bella evocación la del René de Chateaubriand. Para coronar el ascenso melancólico nos falta algo que nos haga pensar en la decadencia y en el derrumbamiento de los grandes imperios, de las grandes glorias, a saber, el conde de Volney y sus Ruines, ou Méditations sur les révolutions des empires (1791). ¿Por ventura hay algo más obsoleto y a la vez delicioso que estas ruinosas muestras de la condición humana? Quizá, con el tiempo, debamos insistir, ante la indiferencia general por la belleza ruinística, que ruinas y enrunas no son palabras sinónimas, ni tan solo afines, ni tan siquiera emparentadas más que por la indiferencia.






