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Recorridos

Apuntes para un teatro de la memoria

Un recorrido por las dramaturgias sobre la memoria histórica, a propósito de la obra "Terror y Miseria en el primer franquismo", de José Sanchis Sinisterra.

A principios del pasado mes de noviembre la Audiencia Nacional impedía la exhumación de restos humanos en más de una veintena de fosas comunes de la guerra civil, incluida la que supuestamente alberga los restos de Federico García Lorca. No entraremos en razones aunque quizás tendríamos que preguntarnos porqué el paso del tiempo acentúa un distanciamiento, una menor relación con la memoria histórica, cuando el pasado de un país repercute en acción y lección para actuar en el presente y tomar partido.
Durante los actos del día mundial del teatro del 2003, bajo el telón de fondo de la guerra de Irak, se leyó un texto del dramaturgo Juan Mayorga del que transcribo aquí un párrafo: "No vamos a guardar silencio porque tenemos memoria. El teatro es un arte de la memoria. Recordamos todas las guerras desde los griegos, todas las víctimas, cada una de ellas. Y todas ellas están presentes hoy, otra vez en peligro. Aunque sólo hay una forma de hacer justicia a las víctimas del pasado: impedir que haya víctimas en el presente." Dramaturgos de ayer y de hoy se posicionan defendiendo la necesidad ética y política de un teatro creador de memoria y de conciencia más allá de cualquier otro compromiso, estableciendo una continuidad entre lo que fuimos y lo que somos extendiendo las consecuencias; es decir, sirviéndonos de estas para comprender situaciones nuevas.
Marginar la memoria histórica porque causa dolor fue una de las premisas del teatro de postguerra, una dramaturgia de la ilusión dirigida a la burguesía que llenaba los palcos de los teatros. A excepción del gran Mihura, que configuró las bases de la nueva farsa, nada más patente en aquella época que la frivolidad y el savoir faire de la felicidad a escena. En el momento en que nuestra memoria deja de ser privada y entra en la esfera pública se da paso a la lección que convierte el pasado en principio liberador. Es el caso del compromiso con la realidad inmediata de dramaturgos de la talla de Buero Vallejo y Alfonso Sastre que llevaron el teatro de postguerra a un verdadero examen de conciencia sin matices. La búsqueda de la verdad dentro del espacio hermético del teatro y de la misma sociedad española dio lugar a obras como "Historia de una escalera" y "Escuadra hacia la muerte", fieles testimonios del hombre que estructura el sentido de la realidad histórica en la que vive sumido: El hombre en lucha para afirmarse.
Las nuevas dramaturgias de la memoria deberían servirse del pasado con vistas al presente, aprovechando lo aprendido para luchar contra las injusticias que se producen hoy en día. No se trata de sacralizar la memoria ni de erigirla en culto sin responder antes a la pregunta: ¿con qué fin? El peligro recae en la obsesión por un culto que embargado de nostalgia conlleva a la contemplación. La sobreabundancia de memoria histórica paraliza la acción: El teatro como simple documento queda limitado dibujándose como mera ilustración escénica. Será a lo largo de la transición española cuando aparecerán a escena obras como "¡Ay, Carmela!" de Sanchis Sinisterra, "Las bicicletas son para el verano" de Fernando Fernán-Gómez, o "Carta de amor" de Fernando Arrabal, en la que la actitud de quien escribe, comprometido, asume el horizonte que participa en la búsqueda de sentido. No será ya el acecho de la verdad, de culpar a los verdugos y salvaguardar a las víctimas, sino el desvelar aquella memoria que adquiere un sentido renovador. La memoria que, como proceso, el espectador continua, reconstruyendo pequeños espacios de sentido que intervienen y conjugan la vida cotidiana del mismo.
Elia Llach

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